La presencia de Dios: una experticia colectiva
Desde sus orígenes en plena Segunda Guerra Mundial, Chiara Lubich (nacida Silvia Lubich; 22 de enero de 1920 – 14 de marzo de 2008) postuló una nueva forma de vida cristiana centrada en experimentar y compartir la presencia real de Dios en medio de las personas. Su carisma dio origen al Movimiento de los Focolares, una familia espiritual que hoy reúne a miles de hombres y mujeres de todas las religiones y convicciones, con la unidad como ideal central. En este artículo exploramos cómo describe Chiara Lubich la presencia de Dios: sus fundamentos bíblicos y místicos, su manifestación en la Eucaristía y en la vida del creyente, y cómo esta experiencia se convierte en una “experticia colectiva” que transforma comunidades y sociedades.
La experiencia inicial: Jesús en medio nuestro
El punto de arranque de la espiritualidad de Chiara Lubich fue el pasaje en el que Jesús, en la Última Cena, pide al Padre que sus discípulos “sean uno, para que el mundo crea” (Jn 17, 21). En medio de los bombardeos en Trento, Chiara y sus primeras compañeras leían el Evangelio con una vela, convencidas de que cada palabra era para vivirse “en ese único momento presente” que la vida regalaba(El legado místico de Chiara Lubich). Aquella unión entre la Palabra de Dios y la práctica cotidiana se tradujo en la convicción de que, si Jesús se hacía presente en medio de ellas, todo acontecimiento —hasta el más doloroso— adquiría un sentido de redención y comunión.
Para Chiara, vivir con la presencia de Jesús en medio significa dejarse guiar desde dentro por su amor. No se trata de una devoción meramente sentimental, sino de una decisión cotidiana de poner a Cristo en el centro de cada relación y de cada acción. Es lo que ella llamaba el “Pacto de amor recíproco”, que forjó con Igino Giordani en aquel histórico 16 de julio de 1949 en Tonadico (Trentino), del que nació una experiencia mística posterior conocida como “Paraíso del 49”(Vatican News). Este pacto no fue un juramento unilateral, sino un compromiso mutuo de dejar que Jesús Eucaristía fuera el mediador de su unión, y luego extender ese método al mundo entero.
La presencia de Dios en la Eucaristía
Para Chiara Lubich, el lugar donde la presencia de Dios es más palpable es la Eucaristía. Ella subraya que “una cosa es ver a Jesús, otra cosa es ser, de alguna manera, otro Jesús en la tierra” y la Eucaristía permite justamente esa transformación interior: “Dios se hizo hombre y quiso hacerse incluso alimento, para que nutriéndonos de Él nos volviéramos otros Cristo”(Chiara a los gen: “La presencia de Dios en la Eucaristía”).
En sus discursos a los jóvenes (los llamados “Gen”), Chiara relataba cómo, al no disponer de audiencia con el Papa mientras el Movimiento era apenas un germen, se dirigían diariamente ante el sagrario para “tener una audiencia con Cristo mismo”, pidiéndole que confirmara la validez de su carisma y protegiera su Obra. La respuesta de Jesús Eucaristía no se hizo esperar: aprobaciones y reconocimientos que superaron cualquier expectativa humana(Chiara a los gen).
Ese diálogo ininterrumpido con Cristo Eucaristía es la fuente de la valentía, la sabiduría y la creatividad apostólica de los miembros del Movimiento de los Focolares. En palabras de Chiara: “Con Él somos omnipotentes. Podemos contarle nuestras dificultades, nuestras alegrías, la unidad de los cristianos, la comunión de los pueblos”(Chiara a los gen).
La inhabitación de Cristo en el creyente según San Pablo
Chiara también profundizó en el tema de la presencia de Jesús en cada cristiano a partir de la doctrina paulina. En un texto fechado el 9 de octubre de 1978, titulada “La presencia de Jesús en el cristiano según S. Pablo”, ella explica que Pablo usa la expresión “ser en Cristo” (in Christo esse) 164 veces en sus cartas para indicar la incorporación mística al Cuerpo de Cristo que el bautismo realiza(La presencia de Jesús en el cristiano).
Según Chiara, la frase “no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20) describe esa identificación íntima que cambia totalmente la existencia del creyente, quien deja de buscar su propio proyecto de vida y se adhiera al plan divino. La vida cristiana, entonces, se convierte en un “diálogo, dinamismo y crecimiento” que va “hasta ver a Cristo formado en vosotros” (Gal 4, 19) y que incluye la experiencia de muerte y resurrección: “sepultados con Él en el bautismo, con Él también habéis resucitado” (Col 2, 12) (La presencia de Jesús en el cristiano).
Presencia de Cristo y del Espíritu Santo
Chiara subraya la inseparable relación entre la presencia de Cristo y la del Espíritu Santo en el creyente. Citando a teólogos como Durrwell, ella aclara que “poseer el Espíritu significa pertenecer a Cristo. Cristo mismo se da al creyente en el Espíritu”(La presencia de Jesús en el cristiano). Mientras que el Espíritu se “infunde” en el corazón, Cristo habita en el creyente de un modo identificatorio: somos miembros vivos de su Cuerpo. Esta duplicidad – Espíritu y Cristo – hace que la presencia de Dios en el hombre sea ya una “realidad escatológica”, una primicia del banquete definitivo.
La presencia de Dios en la comunidad: experticia colectiva
El enfoque de Chiara Lubich no se limitó al plano individual. Para ella, la práctica más profunda de la presencia de Dios se realiza colectivamente, en comunidad. Por eso desarrolló los llamados “cinco instrumentos de la espiritualidad colectiva” que configuran una metodología para vivir la unidad en la diversidad:
- Reciprocidad: amar al otro con la misma intensidad con que ese otro ama a Dios(Los 5 instrumentos Espiritualidad Colectiva).
- Jesús en medio: reconocer a Cristo en cada persona, especialmente en los necesitados.
- La Palabra de Dios: leer, meditar y poner en práctica la Sagrada Escritura como comunidad(Chiara Lubich: creer en la Palabra de Dios).
- María, Mater Unitatis: cultivar la disponibilidad servicial de María para inspirar el servicio fraterno.
- El Espíritu Santo: acoger y seguir sus inspiraciones para caminar juntos como un solo cuerpo.
Estos instrumentos no son normas rígidas, sino herramientas para mantener viva la presencia de Dios en el seno de la fraternidad. Al aplicarlos, las comunidades se convierten en “experticia colectiva”: adquieren experiencia práctica de unidad, aprenden a escuchar la voz de Dios juntos y a proyectar esa armonía al entorno social y cultural.
Un ejemplo concreto de esta práctica en Latinoamérica es el Curso “Inmersión en el Carisma 2025: ¡Un buceo al corazón del Ideal!”, celebrado en Rosario (Argentina) con 82 participantes de Argentina, Paraguay y Uruguay. Entre abril y noviembre, los asistentes alternaron sesiones en línea con grupos de WhatsApp, retiros presenciales y talleres, para profundizar los principios de la espiritualidad colectiva y experimentar la “chispa” original del “Paraíso del 49” en sus realidades cotidianas(Inmersión en el Carisma 2025). El resultado fue un testimonio de cómo la presencia de Dios, vivida y compartida comunitariamente, se traduce en proyectos concretos de fraternidad, diálogo y servicio social.
La presencia de Jesús Abandonado: mística pascual
Otra dimensión fundamental de la presencia de Dios en la espiritualidad de Chiara Lubich es su contemplación de Jesús Abandonado, fruto de un profundo encuentro con el dolor humano durante la guerra. Al ver el rostro de una joven enferma tras cuidar a los heridos de los bombardeos, Chiara preguntó al sacerdote qué momento había sido el más doloroso para Jesús en la Pasión, y él respondió: su grito en la cruz, “¿Por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). A partir de ese instante, Chiara propuso a sus compañeras “esposarse con Jesús Abandonado”, para amar al Crucificado en todos los abandonos —propios y ajenos—(El legado místico de Chiara Lubich).
En su mística pascual, Chiara describe a Jesús como “para el mudo, la palabra; para quien no sabe, la respuesta; para el ciego, la luz; para el cansado, el descanso… para el excluido, la compañía”(El legado místico de Chiara Lubich). De esta forma, el abandono de Jesús en la cruz se convierte en una clave para reconocer su presencia en el sufrimiento del otro y en la propia soledad. Aprender a “verlo” en el grito y a abrazarlo en el destierro interior es un camino de transformación mística que lleva a profundizar la experiencia de Dios “con nosotros”.
Impacto eclesial y social
Chiara Lubich recibió numerosos reconocimientos por la dimensión ecuménica, interreligiosa y social de su carisma. El papa Pablo VI la definió como “un don para la Iglesia y para el mundo”, y san Juan Pablo II reconoció la eficacia de su espiritualidad para renovar la vida cristiana. El Movimiento de los Focolares, presente en 182 países, ha promovido iniciativas clave:
- Economía de Comunión: un modelo económico basado en la reciprocidad y en la distribución equitativa de las ganancias para combatir la pobreza y la desigualdad.
- Participación política desde la espiritualidad de unidad: dialogando con todas las posiciones ideológicas para favorecer la paz y la justicia social.
- Diálogo interreligioso: encuentros y proyectos conjuntos con musulmanes, judíos, budistas y otras tradiciones, partiendo del principio de que “Dios Amor sale al encuentro de cada hombre de mil maneras”(Chiara a los gen).
- Formación de la juventud: “Los Gen” y otros programas educativos que enseñan a vivir la presencia de Dios en la amistad, la familia y la escuela.
El legado de Chiara Lubich continúa inspirando a la Iglesia y a la sociedad contemporánea. Benedicta XVI afirmaba que “los mejores exegetas de la Sagrada Escritura son los santos, porque explican su verdadero significado con sus vidas”(El legado místico de Chiara Lubich). Sin ella, quizás no habría sido posible la insistencia del Concilio Vaticano II en términos tan claros de comunión y Unidad, ni el desarrollo de diálogos que hoy consideramos indispensables.
Conclusión
Para Chiara Lubich, describir la presencia de Dios no era un ejercicio teórico, sino una llamada a la experiencia concreta y comunitaria de Cristo vivo. Su aportación brinda:
- Un conocimiento bíblico y místico de la inhabitación de Cristo y del Espíritu Santo en el creyente, según la enseñanza de San Pablo.
- Una mirada sacramental centrada en la Eucaristía como “fuente y cumbre” de la vida cristiana, donde Jesús se ofrece para nutrirnos y transformarnos en otros Cristos.
- Una praxis comunitaria basada en los cinco instrumentos de la espiritualidad colectiva, que hace de la unidad un laboratorio de santidad y un “testimonio profético” ante el mundo.
- Una espiritualidad pascual que reconoce la presencia de Jesús Abandonado en cada sufrimiento, abriendo un camino de esperanza para los descartados, los heridos y los excluidos.
Vivir la presencia de Dios, según Chiara Lubich, es aprender a “hacerlo santo juntos, con Jesús en medio nuestro” (ACI Prensa) y a ser en el siglo XXI una “experticia colectiva” que proyecte al mundo la armonía de la Trinidad. De esta manera, su legado se hace real en cada comunidad que practica la proximidad, el servicio y la reciprocidad, iluminando las estructuras sociales y culturales con la luz de un Dios que se entrega a cada hombre “de mil maneras” si Él lo quiere.
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